Anatomía de un instante
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Me compré el libro de Javier Cercas para leer en las vacaciones pero lo terminé en un par de días. Una crónica bien documentada y muy amena de aquella jornada decisiva en nuestra democracia. La historia toma cuerpo a partir de un instante, el instante en que Aldolfo Suarez, Santiago Carrillo y Gutierrez Mellado se niegan a tirarse al suelo en medio de las balas de los golpistas.
Aunque algunas cuestiones sobre Suarez y Carrillo me parecen estar demasiado idealizadas tengo que reconocer que mi imagen de Adolfo Suárez ha cambiado después de leer el libro. A mejor, por supuesto
¿Lo habeis leido?
Este es un blog personal así que no todo será política. De hecho espero que sea lo menos y que haya espacio para la tecnología, la cultura, los viajes...








Pero mira que eres canalla, compañero: haciendo que lees mientras en realidad estás pendiente del paso de la socorrista…
¿El libro? Se regodea demasiado en la disección del “instante”, que casi repite en cada comienzo de capítulo, pero no está mal y sirve para recordar un momento histórico. Coincido además en la opinión de Cercas de que se ha idealizado la gran “respuesta ciudadana, política y social” al asalto al Congreso, que si no surtió los efectos deseados por los golpistas fue, entre otras cosas, porque los disparos en el hemiciclo (¿alguien lo hizo aposta?) que se escucharon en directo por la radio asustaron a más de uno, porque parecía que el golpe no era “limpio”…
Tampoco me gusta ese intento por involucrar, cogiendo el argumento casi con pinzas, al PSOE de Felipe González en el “golpe de autoridad” que supuestamente reclamaba toda la sociedad sólo porque Enrique Mújica se hubiera reunido con Armada meses antes, como tantos otros en aquella época (cuando los militares, como los obispos, eran actores necesarios en la política española). He leído algunos libros más sobre el tema, y otros de Guerra y González en los que se refieren al asunto, y queda tan claro que el PSOE no tuvo nada que ver en el golpe como que el “supuesto” Gobierno que Armada pensaba proponer y que llevaba escrito en su famoso papel, que al parecer incluía a algún socialista, nunca hubiera contado con el apoyo de aquel PSOE.
En cuanto al golpe en sí, por suerte ambos somos jóvenes y es probable que dentro de 50 años podamos escuchar las grabaciones secretas registradas desde el gabinete de crisis que dirigió Laína, conversaciones que, en mi opinión, ya deberían haberse hecho públicas.
Saludos, amigo.
ResponderSi, el tema del PSOE está muy cogido por pinzas, los deja mas de incautos que otra cosa pero si que es interesante esa pasividad que relata de toda la sociedad y que se queda simplemente “a la espera”.
El libro evidentemente hace algunas conjeturas a partir de la información de la que dispone pero efectivamente lo interesante sería conocer las grabaciones del gabinete de crisis de laína y las de las comunicaciones que salían del Congreso pero parece que no existen o al menos no oficialmente, han desaparecido pero seguro que alguien tiene copia, Cercas aventura que Suarez se fué del gobierno con una.
También sería interesante conocer que pasó en esas horas en las que Felipe, Guerra, Carrillo, Gutierrez Mellado y Suarez fueron llevados a punta de pistola a una habitación separados del resto de diputados. Nadie explica porqué los separaron ni que pasó durante esas horas y para mi ahí está la clave de muchas cosas. No se puede dar una explicación de la resolución del golpe sin explicarnos que hacía el presidente del gobierno en una sala y los líderes de izquierdas junto al ministro de defensa en otra.
Un día le oí decir a Felipe que del 23-F hubo que contar una milonga para hacerlo soportable. Espero que alguna vez se le vaya la pinza y cuente lo que vivió de verdad
ResponderJooooeeeee que bien vivimos jejeje
ResponderPues por lo que contáis parece un libro digno de leer.
ResponderEn el 23F siempre habrá ese halo de misterio que lo rodea, sino no sería lo mismo, jeje.
Me uno al debate del nuevo libro de Javier Cercas, “Anatomía de un instante”, y, por adelantado, pido disculpas por la extensión, pero no he podido contenerme.
Tras una atenta lectura las impresiones adquiridas son contradictorias. Me parece una obra imponente, la visión más completa del golpe de estado del 23 de febrero de 1981. En realidad, no es un libro, sino tres reunidos en uno con una técnica literaria característica de este autor, aunque, a mi juicio, aquí le funciona peor que en “Soldados de Salamina”, que fue cuando le llegó al gran público. La obra, en efecto, es, y sobre todo, un “trabajo de investigación” (impresionante su acopio documental), tiene facetas de “ensayo” y una parte también de “relato sentimental” de la vivencia familiar del autor, abiertamente explicitada en el punto de cierre. Pero, repito, los equilibrios entre estos tres componentes los consiguió mucho mejor en “Soldados de Salamina”, donde se disolvieron en una feliz síntesis de producto nuevo mientras que en “Anatomía de un instante” no terminan de perder la individualidad de origen, no se consigue su reacción química, sino que impera la yuxtaposición coexistente, brillante, eso sí, con clara hegemonía de lo documental pero sin nuevo alumbramiento literario.
Considero acertadísimos sus análisis sobre la Transición (punto 4 del Epílogo, p. 431, tan devaluada hoy ingenua o torcidamente por los insaciables de la Ley de la Memoria Histórica), sobre la fundamental contribución de Suárez y Carrillo al advenimiento de la Democracia (dos arribistas de los extremos que, paradójicamente, se tocaron como padres de la patria) y sobre el caldo de cultivo del golpe (“La placenta” que titula, incluida la irresponsable actuación del PSOE, cuestionada en este foro). Estimo de gran interés, y con pasajes atractivos, el rendimiento que obtiene, vía El País, de la tesis de Enzensberger “Los héroes de la retirada” y de la fábula roselliniana “El general de la Rovere” para justificar la trayectoria de Suárez. Es valiosa, asimismo, la detallada narración de los entresijos del golpe y de sus diecisiete horas y media de duración con la original técnica de secuenciar la descripción de la grabación televisiva del golpe como introducción a cada capítulo.
Pero, en su afán por realzar la figura de Suárez, el libro rebaja ostensiblemente los méritos de otros protagonistas. Uno, el general Manuel Gutiérrez Mellado, cuya prueba de claroscuro a la que somete a todos los personajes la pasa con luz ajustada (golpista del 18 de julio y contragolpista el 23-F) y porque, si de gestos o instantes hablamos, para mí es mucho más importante el que protagonizó este menudo militar (por ser el primero y porque se enfrentó a los golpistas abiertamente, que intentaron y no pudieron tumbarlo, quedando por ello como metáfora del hecho) que el de Suárez, posterior y defensivo, o el de Carrillo, sin que por ello deje de valorar altisimamente todos ellos. Pero, sobre todo, quien sale malparado del relato de Cercas es el Rey. No sé si por prejuicio antimonárquico, que me da que algo de eso hay (es llamativa su insistencia en los antecedentes republicanos de Suárez, “que era como nosotros”, en palabras del padre del autor), o por exigencias del guión (en ocasiones da la impresión de que Cercas acomoda la realidad para que no le estropee su preconcebida hipótesis de la singular heroicidad de Suárez), lo cierto es que el Rey más parece villano que salvador. El Rey es íntimo del general Armada, el sibilino muñidor del golpe, se deja utilizar por éste, está rebotado con Suárez y conspira contra él, tarda más de lo debido en proponer a Calvo Sotelo como sucesor, es decir, según Cercas el Rey alienta el golpe, o mejor, un golpe. Pero hete aquí que el Rey también se pasa la tarde-noche frenando a los Capitanes Generales golpistas, nombra un Gobierno de Emergencia, encabezado por Francisco Laína, por el secuestro del legítimo, dirige un mensaje televisado (ambiguo, dice Cercas frente a la opinión generalizada de antigolpista) o envía un telex conminatorio al sublevado Milans del Bosch, es decir, se opone al golpe, aunque esto Cercas no lo reconozca tan nítidamente como lo anterior. Pero, al fin y al cabo, emerge una contradicción (el Rey alienta y se opone a la vez), que Cercas resuelve con una, a mi juicio, artificiosa y pueril solución: porque Tejero tiroteó el Congreso y se oyó por la radio (es decir, por estética) y porque los golpistas se referían a Armada como nuevo presidente antes de que éste le explicara al Rey el objetivo del golpe. ¿Un golpe de tantos preparativos, con un mar de fondo tan favorable, se rechaza “por estética”? ¿Tantos encuentros y complicidades con Armada (esquiando cuando el general fue medio desterrado por Suárez a Lérida, obligando a nombrarlo segundo del Estado Mayor del Ejército, en Madrid) y el Rey “aún” no sabía los propósitos de Armada? ¡Pero si era vox populi en el “pequeño Madrid del poder”, como dice el autor! (pp. 43, 170, 289 y 310, entre otras). Más prejuicios o artificios antimonárquicos: las órdenes del contragolpe a Gabeiras y Quintana Lacacci y la negativa a recibir a Armada en la Zarzuela (hecho decisivo para frenar el golpe) las dio y partieron de Sabino Fernández Campo, el general-ayudante del Rey, y no de éste (pp. 313 a 315, especialmente). Es decir, el Rey o no se enteraba o era un pelele a voluntad de Armada, primero, de Fernández Campo, después, o de quien fuera. Ésta es la parte débil de la argumentación de Cercas, que, a mi juicio, estropea o devalúa tanto análisis riguroso como contiene el libro: el ninguneo del Rey.
Tampoco entra en la lógica de los hechos otro acontecimiento clave del golpe: la entrevista o charla Armada/Tejero cuando, fracasada la solución dura, el hipócrita general intenta su solución blanda y el rudo teniente coronel de la Guardia civil se la niega, y no sólo a él, sino al mismísimo Milans del Bosch, a cuyas exclusivas órdenes se había puesto (pp. 319 a 323). ¿Pero no se nos había presentado, con razón, a Milans y Tejero como prototipos de militares brutos pero disciplinados, obedientes y leales a los ideales y compromisos adquiridos? Vale que Tejero rechace a Armada, que está en las antípodas de su concepción militar, pero no es lógico que desobedezca a Milans, ahora de pronto, después de tantas afinidades y contactos mutuos, después de considerarlo su único jefe. Como tampoco se entiende que Milans cambie de opinión a última hora, de golpe duro a blando, o que el comandante Pardo Zancada, que tanto estima a Milans, también se aparte de él en el último momento y vaya con una compañía al Congreso en apoyo de Tejero. O fue todo una chapuza sobre otra, lo que no cabe en militares tan decididos y con tanta experiencia (recuérdese que Tejero había aprendido mucho de la precedente Operación Galaxia y ahora había atado bien los cabos, como también dice el autor), o faltan piezas en la explicación de Cercas o no ha contrastado suficientemente los datos, que es lo que pienso.
Es loable el propósito de Cercas de vindicar y reivindicar la figura y la labor de Adolfo Suárez en la Transición, pero, a mi juicio, ha focalizado tanto la atención en el personaje que ha sido preso de sus redes de seducción, las mismas que, en forma de embaucador y engañador de simpatía insuperable, le granjearon admiración mundial por haber logrado con ellas desmontar el franquismo con tanta facilidad y naturalidad. ¿A qué se debe esa seducción, traducida en exagerar la relevancia del personaje? Me atrevo a dar un par de claves perfectamente compatibles. Una, la usual compasión ante la desgracia ajena, considerable en el caso de Suárez por las letales enfermedades de sus íntimos y la suya, compasión que, por cierto, el autor critica, y con razón, al ser la causa del aluvión de reconocimientos y toisones que anteriormente, del Rey abajo, se le negaron (de “humillante aquelarre nacional de la compasión” lo tilda en p. 397 y con un irónico “gratitud de la patria” concluye en p. 400). La otra es de mayor calado por las connotaciones psicológicas y sociológicas, e incluso político-ideológicas, que la acompañan y podría formularse como un intento de rehabilitación vital en círculos concéntricos: primero, personal (su propia vida de hijo rebelde, antifranquista); después, generacional (la de su padre, conformista y pasivo ante el franquismo, pero decente) y, finalmente, histórica (la de una cultura o mentalidad del español común siempre progresista, de izquierda o centro-izquierda, por más que durante el franquismo haya estado confundida, que no ausente). Son reveladoras, al respecto, las últimas tres páginas del libro, el punto cinco del Epílogo, y las que dedica a la metamorfosis “roveriana” de Suárez: Suárez, tras ganar dos elecciones (1977 y 1979), “se creyó el general De la Rovere y el plebeyo fascista se soñó convertido en un aristócrata de izquierdas” (p. 375) – “Así era más o menos la España de los años setenta: un país poblado de hombres vulgares, incultos, trapaceros, jugadores, mujeriegos y sin muchos escrúpulos, provincianos con moral de supervivientes educados entre Acción Católica y Falange que habían vivido con comodidad bajo el franquismo” (p. 384) – Votábamos a Suárez, dice el padre agonizante, “Porque era como nosotros (…) Era de pueblo, había sido de Falange, había sido de Acción Católica, no iba a hacer nada malo, lo entiendes, ¿no?” (p. 436/7). Y, por fin, el autor, antisuarista e izquierdista y antifranquista en la juventud, lo entendió y se reconcilió con su padre, con él mismo, con Suárez y con España, sin complejos reaccionarios porque, y esto lo digo yo, asumió que su padre, Suárez y la mayoría silenciosa eran tan progresistas, tan de izquierdas como él, como los escasos y ruidosos antifranquistas, sólo que habían estado en otra trinchera por razón de supervivencia, es decir, por realismo sanchopanzista, o en la misma pero representando papeles más opacos, menos caprichosa o quijotescamente vistosos, que los de los antifranquistas; porque, sigo deduciendo yo, la continuidad izquierdista del pueblo, del pueblo español, la habían asegurado los mensajes difusa y confusamente revolucionario de Falange y caritativamente social de Acción Católica, como escapes populistas de un régimen opresor. Es significativo, al respecto de esto último, el empeño que pone Javier Cercas en presentar ángulos novedosos del fascismo/falangismo, no siendo casualidad que los dos protagonistas de sus dos obras más conocidas, “Soldados de Salamina” y ésta de “Anatomía de un instante”, sean precisamente dos falangistas/fascistas reconvertidos: Sánchez Mazas allí por trauma de Guerra Civil y Suárez aquí por ósmosis de actor de la Democracia.
Hagamos, finalmente, un ejercicio de simulación y concentremos los focos clarificadores del documentalista/ensayista/novelista Cercas a algunos de sus pasajes. A éste: la tarde-noche del golpe “la principal preocupación del Rey eran los capitanes generales (…) Todos ellos eran franquistas (…) todos se adscribían ideológicamente a la ultraderecha (…) Milans había conseguido (…) el apoyo explícito o implícito para su causa, el golpe (sic), de cinco, entre casi una docena (sic), aunque luego se rilarían (sic) podridos de molicie y de bravuconería” (pp. 233/4). O a éste: Quintana Lacaci, capitán general de la región de Madrid, que fue leal desde el principio y que murió asesinado por ETA, tras el fracaso del golpe se presentó al nuevo ministro de Defensa, Alberto Oliart, así: “Ministro, antes de sentarme te tengo que decir que soy franquista, que adoro la memoria del general Franco (…) Pero Franco me dio la orden de obedecer al Rey y el Rey me ordenó parar el golpe del 23 de febrero y lo paré; si el Rey me hubiera ordenado asaltar las Cortes, las asalto” (nota de p. 452). Me parecen suficientemente elocuentes como para no transcribir más y formular estas preguntas: ¿quién puede sostener con un mínimo de rigor que Suárez hubiera podido realizar los cambios democráticos que tanto exasperaron a este Ejército franquista sin el apoyo, el aliento y el sostén del Rey?; ¿cómo se pueden extender sombras conspirativas, de complicidad golpista o de duda democrática sobre un Rey cuya autoridad moral sobre este Ejército franquista había posibilitado el desmontaje del franquismo y durante el 23-F lo había frenado en sus indisimuladas ansias golpistas? Bien está que se elogie a Suárez, Gutiérrez Mellado y Carrillo, en el orden que se quiera, que los tres reúnen méritos excepcionales, que los tres son traidores de un pasado oscuro pero Héroes de un presente y un porvenir luminoso, los tres son héroes de la retirada, en afortunada expresión de Enzensberger. Pero también el Rey, y tanto y mucho más. Distinto es que en años 1980/81, tan dramáticos por ETA, la crisis económica y el desencanto, el Rey, como tantos otros, temiera por el curso de los acontecimientos, le preocupara el rumbo de una criatura democrática tan delicada y trabajosamente alumbrada y decidiera implicarse una vez más, no para asfixiarla ni debilitarla, sino para salvar la Democracia. Con este enfoque, opino yo, han de juzgarse sus, tal vez, equívocos actos de aquellos días.
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